UN NIÑA
Habíamos alquilado un coche con un chófer e íbamos por un camino rural de Rajastán, cuando se calentó el motor y tuvimos que detenernos. Mientras esperábamos que se enfriara, Tabra y yo caminamos hacia un grupo de seis o siete mujeres rodeadas de niños, que estaban a la sombra del único árbol en ese terreno desértico. ¿Qué hacían allí? ¿De dónde provenían? No habíamos pasado por ninguna aldea o un pozo que explicara su presencia. Las mujeres, jóvenes y de apariencia muy pobre, se nos acercaron con esa curiosidad inocente que todavía existe en algunos lugares, atraídas por el pelo color remolacha de Tabra. Les regalamos las pulseras de plata que habíamos comprado en un mercado, y jugamos con los niños un rato, hasta que el chófer nos llamó a bocinazos. Al despedirnos, una de las mujeres vino hacia mí y me entregó un pequeño paquete de trapos. No pesaba nada. Creí que deseaba darme algo a cambio de las pulseras, pero al separar l...