EL DESIERTO



En aquel campamento beduino, en medio del desierto, vivía una anciana, en la tienda más apartada de todas. Nadie sabía cómo se llamaba, nadie hablaba con ella hacía ya años, pero seguía a la caravana cada vez que cambiaban de sitio.

Un día, recibió la visita de un joven a caballo; le anunció que al cabo de unos días le vendría a visitar el Rey.

Ella se emocionó, recordó los días en que vivía en palacio y el príncipe era su amigo. Con el tiempo él fue nombrado rey, y ella decidió irse a recorrer mundo. No le había ido muy bien, y ahí estaba ella, malviviendo en el desierto.

Por lo visto, el rey no se había olvidado de ella, estaba informado de sus movimientos y ahora le anunciaba su visita.

Enseguida se puso a limpiar su tienda, a sacar brillo hasta a su pobre plato que le servía de cenicero. Cuando se acercaba la fecha, se fue al río, estuvo todo un día ocupada en el aseo de su ropa y de ella misma.

El tiempo se cumplió, y todos los vecinos pudieron ver la llegada del rey, el abrazo de viejos amigos y cómo en la última tienda del poblado aquella noche no se apagó la luz, ¡tanto era lo que tenían que contarse!.

A la mañana siguiente, el rey se marchó, y todo el mundo se dio cuenta que la anciana no era tan anciana, sino una mujer aún joven; y se acercaban sorprendidos a su tienda, y nadie se iba de allí sin su sonrisa.

Por cierto, el nombre de la señora, ahora todo el mundo lo supo, era Esperanza.

OTRA VERSIÓN

En aquel campamento beduino, en medio del desierto, vivía una anciana, en la tienda más apartada de todas. Nadie sabía cómo se llamaba, nadie hablaba con ella hacía ya años, pero seguía a la caravana cada vez que cambiaban de sitio.

Un día, recibió la visita de un joven a caballo; le anunció que el Rey le prometía visitarla al cabo de unos días.

Ella se emocionó, se le iluminaron los ojos del alma y recordó los días en que vivía en palacio y el príncipe era su amigo. Con el tiempo él fue nombrado rey, y ella decidió irse a recorrer mundo. No le había ido muy bien, y ahí estaba ella, malviviendo en el desierto.

Por lo visto, el rey no se había olvidado de ella, estaba informado de sus movimientos y ahora le anunciaba su visita. El Rey era siempre fiel a sus promesas.

Enseguida se puso a limpiar su tienda, a sacar brillo hasta a aquel pobre plato que le servía de cenicero. Cuando se acercaba la fecha, se fue al río, estuvo todo un día ocupada en el aseo de su ropa y de ella misma. Después de mucho tiempo, volvió a sentirse guapa y feliz consigo misma.

 El tiempo se cumplió, y todos los vecinos pudieron ver la llegada del rey, el abrazo de viejos amigos y cómo en la última tienda del poblado aquella noche no se apagó la luz, ¡tanto era lo que tenían que contarse!.

 A la mañana siguiente, el rey se marchó; ella había aprendido a ver el mundo con los ojos de su amigo, buscando el bien en cada rostro y acontecimiento porque contaba con el cariño de su Rey.

 Todo el mundo se dio cuenta que la anciana no era tan anciana, sino una mujer aún joven; y se acercaban sorprendidos a su tienda, y nadie se iba de allí sin su sonrisa, especialmente los pequeños y sencillos.

 Por cierto, el nombre de la señora, ahora todo el mundo lo supo, era Esperanza.

 

 

 

 

 

 

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