EL RETRATO

Érase una vez un hombre extraordinariamente rico que poseían una gran colección de obras de arte. La colección, que incluía algunas de las más destacadas obras de los grandes maestros, tenía un valor incalculable.

El dueño de la colección compartía la pasión del arte con su hijo, a quien quería con locura.

Un día estalló la guerra y el hijo fue llamado a filas. Al cabo de unas semanas, el hombre recibió un telegrama urgente en el que se le comunicaba que su hijo había muerto en combate. Destrozado, lloró la muerte de su hijo en soledad y en silencio. Era como si su tristeza no conociera límites.

Varios meses después, alguien tocó a la puerta del coleccionista. Al abrir, se encontró con un hombre joven que llevaba un pequeño paquete debajo del brazo.

- Usted no me conoce - le dijo el joven -. Yo era amigo de su hijo. Estábamos destinados en la misma unidad y estuve con él cuando murió. Su hijo se jugó la vida por salvarme el pellejo... La verdad es que su hijo salvó muchas vidas ese día. A mí me estaba llevando a un lugar seguro cuando le alcanzó la bala. Nos habíamos hecho muy buenos amigos y antes de que muriera le hice este pequeño retrato. Como ve, no soy ningún artista, pero quisiera que usted se quedara con él.

Al hombre se le llenaron los ojos de lágrimas. Enseguida le agradeció al soldado su gesto y se4 ofreció a pagarle por el dibujo.

- No, por Dios, no podría aceptarlo. Es un regalo. Le estaré siempre agradecido a su hijo por salvarme la vida. Desgraciadamente, no puede devolvérsela ... Así que le pido que se quede con el retrato, es lo mínimo que puedo hacer.

Poco después de la visita del soldado, el hombre cayó enfermo y murió. Su colección de arte salió entonces a subasta. Coleccionistas de todo el mundo se dieron cita en la sala der subastas. El subastador mostró el primer cuadro, se trataba del retrato del hijo del difunto, cuyo autor era un soldado desconocido.

El subastador explicó que el difunto insistió en que el retrato de su hijo debía ser el primero en salir a subasta. Ante el silencio general, una mano se alzó tímidamente al fondo de la sala. Era el jardinero que había trabajado durante años para el anciano y que también tenía un gran cariño por su hijo. Ofreció diez libras.

- Diez libras a la una, a las dos, a las tres...¡vendido! Vendido por diez libras al señor del fondo. - exclamó el subastador.

Los coleccionistas se sintieron aliviados. Ahora, por fin, podrían pujar por las auténticas obras de arte.

Sin embargo, para sorpresa de todos, el subastador anunció:

- Con esto, doy por finalizada la subasta. De acuerdo con lo expresado por el propietario de la colección antes de morir, la totalidad de su colección de arte y el resto de sus propiedades irán a parar al comprador del retrato de su hijo.

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