EL TEJÓN

 
 
Tejón era un amigo de verdad. Alguien en quien se podía confiar, siempre dispuesto a echarle una mano a uno. Era también muy viejo y lo sabía casi todo. Tejón era tan viejo que sabía que pronto tenía que morirse.

A Tejón no le asustaba la muerte. Para él morirse sólo significaba que tendría que abandonar su cuerpo y, como su cuerpo ya no funcionaba tan bien como en otros tiempos, a Tejón eso ya no le parecía demasiado. Su única preocupación era cómo se sentirían sus amigos cuando él se hubiera ido. Con la esperanza de irles preparando, Tejón les había dicho que un día no muy lejano tendría que irse por la Gran Madriguera abajo y que esperaba que no se pusieran muy tristes cuando esto sucediera.

Un día se sintió especialmente viejo y cansado. Era ya tarde cuando llegó a su casa. Cenó y se sentó ante la mesa para escribir una carta. Cuando hubo acabado se instaló en su mecedora junto al fuego.

Se meció a sí mismo con un suave vaivén y no tardó en quedar dormido. Entonces tuvo el más extraño y maravilloso sueño que había tenido nunca.
Para asombro suyo, Tejón corría. Ante él se abría un largísimo túnel. Sentía unas piernas fuertes y seguras mientras corría hacia la entrada. Ya no necesitaba su bastón, de modo que lo dejó sobre el suelo del túnel. Tejón avanzaba cada vez más deprisa, hasta que sus pies dejaron de tocar el suelo… Notó que se vencía hacia delante, que se caía y rodaba, pero sin hacerse daño. Se sintió libre. Era
como si se hubiera desprendido de su cuerpo.

Al día siguiente los amigos de Tejón se reunieron inquietos ante la puerta de su casa. Estaban preocupados porque aún no había salido a dar los buenos días como siempre.

Zorro les comunicó la triste noticia de que Tejón había muerto y les leyó una nota que había dejado. Decía simplemente: “Me he ido por la Gran Madriguera abajo. Adiós. Tejón”.

Todos los animales querían a Tejón y estaban muy tristes. En especial Topo se sintió como perdido, solo y desconsoladamente infeliz. Aquella noche, cuando se acostó, no podía dejar de pensar en Tejón. Las lágrimas le rodaban por su hocico de terciopelo.

Fuera empezó a nevar. El invierno había comenzado y la nieve cubrió los campos, pero no pudo ocultar la tristeza que sentían los amigos de Tejón.

Tejón siempre había estado allí cuando alguien le había necesitado. Todos los animales se preguntaban qué harían ahora que él se había ido. Tejón les había dicho que no dejaran de ser felices, pero eso no era tan fácil.

Cuando la primavera ya estuvo cerca, los animales empezaron a hacerse visitas y hablaron de los días en que Tejón aún vivía. Topo manejaba bien las tijeras y habló de cuando Tejón le enseñó a recortar una cadena de topos en un papel plegado.

Rana era un patinador excelente. Recordó cómo Tejón le había ayudado a dar sus primeros pasos deslizantes sobre el hielo. Tejón le llevó con cuidado a través de la superficie helada hasta que tuvo la suficiente confianza para empezar a patinar sola.

Zorro se acordaba de cuando era un muchachito incapaz de hacerse bien el nudo de la corbata hasta que Tejón le enseñó cómo debía hacerlo. Ahora Zorro sabía hacer cualquier tipo de nudo e incluso había inventado él mismo
algunos nuevos.

Tejón le había suministrado a la señora Conejo su receta especial para el pastel de jengibre.

Cada animal tenía un recuerdo especial de Tejón, algo que él les había enseñado y que ahora ellos sabían hacer extraordinariamente bien. Les había dado a cada uno un regalo de despedida que podían guardar para siempre.

Utilizando aquellos regalos serían capaces de ayudarse entre ellos.

Cuando se derritió la última porción de nieve, también lo hizo la tristeza de los animales. En adelante, cuando se mencionaba el nombre de Tejón, siempre había alguien que recordaba alguna historia que hacía reír a todos.

Un cálido día de primavera, mientras caminaba al pie de la colina donde había visto por primera vez a Tejón, Topo quiso dar las gracias a su amigo por su regalo de despedida.
- Gracias, Tejón… -dijo con suavidad, creyendo que Tejón le oiría.

Y en cierto modo, Tejón le oyó.

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